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Alfredo Le
Pera: El Otro Genio
(Fuente: Clarin.com
- 24 Junio de 2005)
Los
poetas lo ignoran o lo desprecian, pocos lo recuerdan, todos lo
cantan. Alfredo Le Pera fue uno de los mayores letristas de tango
pero el destino
le reservó un lugar secundario, glorioso y sombrío al mismo tiempo.
No es un mal ejercicio volver a algunos tangos para degustar la
perfección de sus versos. Por ejemplo, Soledad: Yo no
quiero que nadie a mí me diga/que de tu dulce vida/vos ya me has
arrancado./Mi corazón una mentira pide/para esperar tu imposible
llamado./Yo no quiero que nadie se imagine/cómo es de amarga y honda
mi eterna soledad... Son versos pensados, con sentencias
dolidas (mi corazón una mentira pide) que no se
correspondían con la vida real de su autor, una vida con algún
descalabro amoroso pero laboralmente exitosa desde temprano. Le Pera
inaugura el letrista profesional, el que se corre de la
autorreferencia que, como en la mayoría de las expresiones
populares, inspira credibilidad. Es el caso opuesto de Manzi (que
hablaba sobre lo que conocía, las calles que caminaba en su infancia
y adolescencia) y de Discépolo (que expresaba su pensamiento
existencial).
Es cierto: provoca escozor constatar que las obras más famosas de Le
Pera fueron hechas a pedido, con líneas argumentales supeditadas a
ideas cinematográficas, con reglas claras para capturar el mercado
hispanoamericano (no escribir en lunfardo, tender a un español
neutro) que tenían como objetivo el lanzamiento de Gardel como
estrella internacional. Volviendo al caso de Soledad por
ejemplo, el tema fue grabado en Nueva York para la película El
tango en Broadway. Todo era calculado: eran los balbuceos de la
industria del entretenimiento tal como la entendemos ahora. Una
anécdota de los primeros encuentros compositivos entre Gardel y Le
Pera cuenta que el cantor se quejaba de que el letrista no "captaba
su estilo". "Tenés que escribir a mi medida", le dijo Gardel. Le
Pera tomó la queja con humor: "Carlos, vos no necesitás un letrista.
Necesitás un sastre".
Hijo de Alfonso Francisco de Paula Le Pera, nació el 7 de junio (o
el 4 o el 6 de junio, los datos se cruzan) de 1900 en Cidade Jardim,
San Pablo, Brasil. Sus padres, inmigrantes del sur de Italia,
quisieron "hacer la América" en San Pablo, aunque terminaron
radicándose en el barrio porteño de San Cristóbal.
Hizo la primaria en la escuela Gervasio Posadas (ubicada, todavía,
en San Juan entre Pichincha y Pasco) y el secundario en el Colegio
Bernardino Rivadavia. Se recibió de bachiller, estudió Medicina
hasta cuarto año y se dedicó al periodismo. Fue apadrinado por
periodistas que tallaban fuerte en la época como Manuel Sofovich y
Pablo Suero y trabajó como crítico en Ultima hora, La
Nación, Noticias gráficas y El Mundo.
Paralelamente escribía ficción y acumulaba prestigio en el ámbito
teatral: firmó libretos y más de treinta obras, algunas estrenadas:
Piernas de seda, Opera en jazz, La plata del bebé
Torres, El gran circo político.
Era un joven talentoso y audaz. Lector ferviente de los poetas
modernistas hasta la cita o el plagio (La amada inmóvil de
Amado Nervo, 1915, tiene el poema que dice El día que me quieras
tendrá más luz que junio; / la noche que me quieras será de
plenilunio,/ con notas de Beethoven vibrando en cada rayo...)
viajó a Francia en 1928 con el propósito de adquirir los derechos de
obras teatrales y se radicó en París.
En 1932 ocurrió el encuentro con Gardel. La Paramount notaba
dificultades argumentales en algunas películas de Gardel y pensó en
Le Pera para que se hiciera cargo de los textos, tanto de los
guiones como de las canciones. Así ocurrió: Le Pera se ubicó
dócilmente en las sombras del ídolo y se transformó en una febril
máquina de escribir. La historia es conocida: películas olvidables
con canciones inolvidables; más que inolvidables, perfectas. Una
treintena de piezas junto a Carlos Gardel de una inspiración
inusitada.
Lo dijo Aníbal Troilo en 1970: "Gardel era un tipo muy inteligente.
Y un síntoma de esa inteligencia es haber recurrido en el exterior a
una pluma como la de Alfredo Le Pera. Estaba solo, rodeado de
franceses primero, luego de norteamericanos. Esa gente podía
perderlo. Los dos hacen una trampa portentosa: conservan lo nuestro
en un ambiente completamente extranjero".
Esa "trampa portentosa" arrojó un repertorio elegante, sentimental y
sin fisuras y cristalizó una dupla compositiva que traspasó la
historia del tango y que, dentro del género, está ahí, al nivel de
duplas memorables como Blomberg-Maciel, Aieta-Giménez, Cobián-Cadícamo
y Troilo-Manzi.
Mariano del Mazo
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